Próxima parada en Muelle Seco ¡Qué caloooooooooor!
Ocho horas y media de camino y llegamos a la hermosa ciudad de Amberes (Antwerpen) en Bélgica, para lo que sin duda fue el show más desastroso en organización de toda la gira. Para varios de los DP, éste fue otro toque más en el que hubo que hacer de tripas corazón y tratar de salir victoriosos ante unas condiciones realmente difíciles de superar. El día transcurrió con una tanda de lavandería, mientras degustábamos unas sabrosas papas fritas belgas y cervezas sabor a durazno o manzana. Al tiempo que escuchábamos cuentos no muy bonitos acerca de la realidad política de Bélgica en la que uno de los partidos más fuertes es el de la EXTREMA DERECHA... Aparentemente hay mucho racismo y xenofobia en gran parte de la población belga, cosa que contrasta mucho con la actitud de las hermosas chicas que vinieron al show de DP esa noche.
A las 6 p.m. se acabó la tanda de “amas de llaves” y nos fuimos de cabeza al trabajo. El “Droog Doken” (Muelle Seco) es un sitio alucinante, un bar con un espacio al aire libre, bien grande en el que todos los veranos se estaciona un circo italiano que le da al lugar apariencia de set de películas australianas de bajo presupuesto.
Empiezan las sorpresas: la tarima es apenas del alto de un escalón, no hay monitores, los micrófonos no alcanzan para todos (¡en realidad casi para nadie!), la promoción del evento sólo fue rodada vía e-mails de los panas de los organizadores (nuestros panas Veronique, Daniel y Sophie), el dueño de la compañía de sonido es un tipo al que le sale la trampa por todos los poros y Enrique (nuestro ingeniero de sonido) no ve otro panorama que el de resignarse y tratar de hacer lo mejor posible para que la cosa suene. Para rematar nuestro camerino es el mismo autobús y con el calor que hizo durante el día y el aire acondicionado apagado, el interior del transporte registraba una temperatura de 45º!!! Entre los venezolanos que asistieron aquella noche al toque en Amberes, se encontraba el amigo Orlando Verde quien se tomo el trabajo de escribir una estupenda reseña de lo ocurrido y publicarla en su buena página web http://panfletonegro.com/ , que aquí se la pedimos prestada.
<< Carta abierta a el gran Jimijaz:
Viejo, hace como cinco semanas nos llegó un mensaje de un carajo que organiza eventos acá. Nos dijo que tal y tal fecha de Desorden estaban libres y que cobraban una vaina súper solidaria y que si queríamos organizar algo, que le echáramos bolas. Ni de vaina. Teníamos cinco semanas para hacer todo: buscar un local, arreglar los contratos, publicidad, etc. y los gastos de local y sonido eran mucho mayores que los de pagarle al grupo. Era muy loco hacerlo con tan poco tiempo. Los carajos que organizaban la gira nos avisaron a último minuto, después de que todo lo demás no funciono. Total que la semana pasada unos carajos contrataron a Desorden para venir a tocar a Amberes. Los vieron en Ámsterdam o en Hannover y decidieron la vaina. Una locura. Nunca vi ni un papelito en la calle, ni una agenda lo sabia.
Solamente radio bemba (e-mailing incluido) para hacer publicidad. En consecuencia, había 50 a 70 personas en el concierto más punk, familiar y nostálgico de Desorden. El lugar era una vaina alucinante. Parecía un estudio abandonado de una película de Fellini. Un patio de cemento afuera de la ciudad, lámparas de burdel a go go por todos lados, sillas y mesas esparcidas, un arco metálico con un cerdo arriba sobre un letrero que decía “SENSAZIONE”, toboganes y columpios en las formas más absurdas, y sólo unas 15 personas en la inmensidad del EMMA. Un día perfecto, eso sí, 35 grados centígrados. El autobús estaba estacionado afuera. Horacio pasa y le pregunto si la vaina va. “Claro, claro” con voz de locutor. Danel está montando el sonido (los instrumentos, de hecho) sobre un podio de 20 cm. de altura donde apenas cabían 9 carajos con sus corotos. La consola tiene 12 canales. Enrique esta eligiendo qué cosas va a dejar por fuera. Yo empiezo a llamar a mis panas para que se acerque más gente a la vaina. Hablo con Caplís y le digo que soy pana del gran Jimi y nos guindamos a hablar paja.
Luego de preguntarme si seguíamos en contacto, me cuenta que ha sido un mes de pinga, que éste es el toque barranco de la gira. “¡Qué vaina tan bizarra, mi hermano!”. Luego hablamos un pelo de posibilidades de organizar otro toque en otro momento con más tiempo y mejores recursos. Hay vainas posibles y otras que no. Un pana que sabe más de eso se acerca y discuten de precios y alquileres. Tres cervezas y una Coca Cola. Panas hablando tonterías en una mesa. Hay un patio de bolas y unas catiritas empiezan a jugar. Los tres organizadores venden los tickets en la puerta. Debe ser una tensión terrible ésa de invertir por un impulso, una emoción, despertarte y sentarte en la caja y ver que no hay cola y que toda la gente que hay ya compró el ticket… Cae la noche. Una noche cálida. Realmente no hay manera de pasarla mal. Casi toda la gente se conoce. Llega un convoy de Bruselas. Venezolanos que no se veían desde hace meses. Es como si alguien con plata hubiera dado una fiesta de cumpleaños (y casualmente ese día era el de Hernán Ascóniga, saxo de DP).
Los carajos se montan y la gente se acerca al podio. Empiezan con un jam que es un soundcheck. “Ay ay ay”. Enrique hace magia para que oigamos un sonido decente. Desorden no oirá nada pues no hay monitores. Oirán por reflejo en las paredes de aquella casita al fondo que sirve de bar. Por encapsulamiento generado por la alta concentración de anhídrido carbónico en Flandes, quizás, pero no por monitores. "Molotov love" y ya arrancamos. Es Desorden. El mismo Desorden del Poliedro o el Teresa Carreño o de un festival masivo en Eslovenia frente a 50 mil personas. Con el histrionismo, los temas, la energía, el humor, del mismo Desorden de siempre. Se acercan al público, les regalan solos de trompeta susurrados al oído. Se les cae el micrófono, y entonces le dan más duro a los cueros hasta que haya sonido de nuevo. Si el micrófono tiembla demasiado como para utilizarlo, gritan en vez de cantar, mientras tocan la guitarra. La gente no deja de bailar ni una sola canción.
Las chicas están al frente y los belgas preguntan otra vez de dónde es que es la banda, para decidir el destino de su próximo viaje de apareamiento. Los no fans verán con curiosidad que TODOS cantan TODAS las canciones por muy trabalenguas que parezcan. Los fans gritan entre canción y canción (nunca falta un carajo que grita idioteces por culpa del alcohol). En fin, un toque. Un toque que estuvo ultra de pinga. Un toque que, qué lastima, tan poca gente pudo venir a ver. Hace 14 años fui al primer concierto de mi vida (el realmente primero, de Paul Gillman, en el parque de ferias de San Jacinto, en Maracay, realmente, seamos honestos, no cuenta): Desorden Público y Los Gusanos. Un podio mínimo, en el jardín de un pabellón de arquitectura en la universidad. Te tienes que acordar, por supuesto. Nerio, el sapo pa’ los panas, hacía la consola. Llovía que jode. El micrófono se le iba a Horacio, la gente hacia una olla y literalmente se revolcaba en el barro. Lo mejor del toque es que era tan mínimo, tan honesto, tan vamos a dar lo mejor de nosotros aunque la situación sea tan adversa. Catorce años más tarde estos carajos siguen echándole tanta bola a todo. Venga como venga, vamos a echarle bolas. Alguien más se peóo, pero aquí estamos, hay gente que nos quiere, vamos a echarle bolas. Esas vainas merecen un aplauso.
Atte,
O. >>
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